LA INFANCIA

17:15

 


Un día, alguien me envió un mensaje para comentarme una historia sobre un chico de 12 años en problemas. Le respondí que no era mi especialidad y que le buscaría una alternativa. Recibí esta respuesta: “No, me dice el chiquillo que tienes que ser tú”

Estaba decidido a mantener mi postura, pero esa aparente elección específica debo reconocer que me dejó extrañado. Indagué si su familia me conocía de algo, pero el interlocutor al otro lado de los mensajes me dijo que no, que había sido el menor quien pidió venir a verme.

Podría decir que flipaba cada vez más, hasta el punto de que accedí, siempre y cuando tuviera el consentimiento de los padres, como marca la ley. Estaba deseando que llegara el día de la cita para conocer al pequeño, de quien no me dijeron su nombre.

Era un martes, lo recuerdo bien. Abrí la puerta, más inquieto que nunca, esperando resolver mis dudas. Allí estaba el chaval, bastante alto, por cierto, y una mujer, que se presentó como su tía. Nos saludamos y me entregó un documento que recogía el consentimiento de sus padres

Le invité a entrar a la consulta a ella en primer lugar, para que -como adulta- me pusiera en antecedentes. Declinó la propuesta y prefirió quedarse fuera, para que entrara su sobrino solo. No comprendí su decisión, pero lo acepté para ir colocando las piezas del puzle.

El chaval entró en el despacho y se sentó donde le sugerí. 

- “¿Cómo te llamas?", a lo que no me respondió. Para no tensar el momento, me presenté yo: 

- “Yo soy Manuel ¿En qué puedo ayudarte?”, intentando concretar el motivo de su presencia allí.

- “Sí, sé cómo te llamas. He mirado por Internet todas tus cosas. Sé que tú me podrás ayudar” 

- “Seguro que lo intentaré y algo lograremos”, respondí con la intención de que, fuera lo que fuera, tuviera la sensación de que estaría mejor.

Lógicamente, no podía enfocar mi intervención sin conocer bien de qué se trataba, por lo que centré mi esfuerzo en saber qué le sucedía exactamente. 

- “El problema es que no puedo ir a la piscina con mis amigos. Siempre me quedo en casa”

- “Vaya, eso no es agradable ¿Por qué te pasa eso? ¿Sientes vergüenza por algo?” 

- “Sí, mucha. Es que me da mucho miedo el agua. No puedo remediarlo. Si voy, ellos se darán cuenta y no quiero que se rían de mí”

- “Claro, es normal que te dé mucho apuro. Es un tema que le pasa a más personas, pero se puede resolver. Te lo aseguro” 

- “Lo sé. Confío mucho en ti, porque te conozco” 

- “Claro, por Internet. Por cierto, no me has dicho cómo te llamas”

- “Me llamo Manolito, pero en mi familia me dicen Chico” 

- “¡Qué! ¿Chico? Vaya a mí también me llaman así. ¿Cómo se llaman tus padres?” 

- “En el papel que te ha dado mi tía lo pone”

Salí a la sala de espera, y le pedí a su tía que me lo entregara para dejarlo en la historia del menor y aproveché para mirar los nombres de sus padres: Manuel y Ana. 

¡Me estremecí… Eran los mismos nombres de mis padres! 

Entré de nuevo y entonces caí en la cuenta de lo que estaba pasando…

 

 Manuel Salgado Fernández

Psicólogo Clínico y del Deporte // Col. AN-2.455

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