Ten presente siempre que los refranes no pretenden dictar normas absolutas, sino señalar tendencias habituales en la forma en que las personas se relacionan. Son atajos culturales que orientan, pero no sustituyen al criterio propio. Es algo que venimos repitiendo en cada entrega, pero es apropiado recordarlo para evitar malos entendidos.
Refrán: “A mal tiempo, buena cara”.
En este caso, posiblemente la primera interpretación que se hace del mismo pudiera entenderse como un recordatorio para no perder las formas cuando las cosas se tuercen y para evitar consecuencias de dos tipos: que el malestar se prolongue en exceso y que se propague a quienes nos rodean.
En su lectura más extendida, este refrán invita a mantener una actitud amable incluso en momentos difíciles. Bien usado, ayuda a contener conflictos y a ganar tiempo para pensar con mayor claridad antes de actuar. Puede entenderse como una forma de reducir el desgaste por situaciones negativas, partiendo del optimismo y de la autoconfianza.
El problema aparece cuando se convierte en una obligación emocional. Hay personas que se sienten empujadas a mostrar serenidad constante, aunque por dentro estén desbordadas. En estos casos, la “buena cara” deja de ser una elección y pasa a ser una exigencia que impide expresar lo que realmente se siente.
Es algo que últimamente se está extendiendo desde el mundo del coaching y el pensamiento positivo, como si expresar malestar estuviera relacionado con debilidad o incapacidad para gestionar las emociones correctamente.
Sostener esa apariencia durante mucho tiempo tiene efectos. Obliga a desconectar de las propias señales internas, reduce la sensación de autenticidad y termina erosionando la confianza en uno mismo. No es raro que, tras un periodo prolongado de contención, aparezca cansancio extremo, irritabilidad o distancia emocional, en no pocas ocasiones de manera desproporcionada, provocada ésta por el esfuerzo de haber mantenido constantemente la “buena cara”.
La situación puede agravarse cuando, a solas, la persona empieza a reprocharse no haber mostrado cómo se siente realmente. Ese reproche favorece el aislamiento: se participa menos, se opina menos y se evita el contacto para no tener que sostener una sonrisa que ya pesa demasiado.
Conviene dirigir una mirada a quienes esperan de los demás una actitud siempre positiva. Exigir buena cara puede resultar cómodo, pero empobrece el intercambio humano. Preguntar, escuchar y permitir la discrepancia amplía la comprensión y fortalece los vínculos.
Cuando facilitamos que otros expresen lo que viven, contribuimos a una convivencia más honesta. Detrás de muchas sonrisas constantes hay personas con ideas valiosas y necesidades legítimas que merecen ser escuchadas, e incluso personas que están sufriendo en silencio, y no precisamente por padecer hemorroides.
Mostrar que estás harto, triste, sobre cargado, superado, irritado, enfadado, forma parte de las emociones y sentimientos humanos. Esto no te hace menos ni peor persona, contrariamente te sitúa en un punto de normalidad y coherencia entre lo que sientes y muestras a los demás.
PARA REFLEXIONAR:
¿En qué ámbito de tu vida estás sosteniendo una “buena cara” que ya no te
representa, y qué primer gesto podrías hacer para mostrar lo que realmente
necesitas?
Psicólogo Clínico y del Deporte // Col. AN-2.45
.png)
.png)

.png)




