Te propongo un refrán que, aunque suele usarse con intención conciliadora, puede convertirse en una exigencia incómoda, según el contexto en el que se dé.
Insisto que no se trata de asumirlo como verdad incuestionable, sino más bien de analizar qué posible efecto produce cuando lo aplicamos a nuestras relaciones interpersonales, siempre expuestas a cualquier elemento.
Refrán: “Hablando se entiende la gente”.
Con ello se subraya la importancia del diálogo como herramienta para aclarar y resolver diferencias. El origen del mismo es relativamente sencillo: cuando una persona expresa (emisor) lo que piensa de manera asertiva y otra escucha (receptor) en modo receptivo, y después se intercambian los papeles, las probabilidades de que ambas lleguen a entenderse son realmente altas.
Se trata de considerar a la comunicación abierta como la forma válida para aclarar malentendidos, ajustar expectativas y desmontar interpretaciones erróneas que, de otro modo, generarían confusiones en silencio.
Puede decirse que hablar implica compartir, preguntar, contrastar y construir sobre un terreno común. Así, este refrán invita a la responsabilidad para comunicarse, alejando la suficiencia de suponer lo que la otra parte quiere decir ni esperando a que se adivine las necesidades de cada cual.
De esta manera, se afirma que poner palabras a lo que sentimos y pensamos evita conflictos innecesarios, fortaleciendo así los vínculos entre las personas e incluso reduciendo las potenciales confusiones que pueden aparecer si sólo o especialmente nos apoyamos en la interpretación del lenguaje no verbal.
Sin embargo, se debe ser claro y sincero, en cuanto a que expresar no implica entendimiento, pudiendo haber errores tanto en la parte del emisor como del receptor, o incluso en ambas, lo que dificultaría más las opciones de esa meta.
También ocurre que algunas personas interpretan el refrán como una obligación permanente de explicarse, forzándose a hablar cuando no se está preparado o bien a hacerlo en entornos o momentos poco apropiados.
Desde este punto, aun resultando paradójico, lo anterior puede generar más daño que beneficio, cayendo en el fenómeno del “sincericidio”.
Así pues, hay momentos en los que el silencio, entendido como estrategia, puede ser más apropiado que la propia expresión, contradiciendo en parte al refrán referido.
Este planteamiento también puede aplicarse a la inversa. Antes de reprochar a alguien que “no habla”, quizá convenga preguntarse qué clima estamos generando. ¿Facilitamos que el otro se exprese?, ¿o nuestras reacciones bloquean su participación?
Conviene añadir que la comunicación va más allá del entendimiento, siendo necesaria una etapa de comprensión, en la que la persona receptora del mensaje debe mostrar su máxima empatía hacia el mensaje que el emisor está enviándole, porque de lo contrario, todo quedaría en un frío y superficial intercambio de información. Esta etapa no recoge si se comparte o no el contenido, sino mostrar sensibilidad y respeto por la postura de la otra persona.
PARA REFLEXIONAR:
Cuando surge un conflicto, ¿buscas comprender al otro o intentas sólo que
comprenda tu versión?
Psicólogo Clínico y del Deporte // Col. AN-2.45
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